Busqué desde un principio la perfección de las palabras para honrar tu nombre y tu vida. Intenté buscar lo perfecto, pero al ver tus recuerdos, la sencillez es por demás el prólogo de estas letras.
Viniste a mí de manera casual, como si Dios hubiese elegido premiar al más desobediente con mucho amor y darle valor al soldado más cobarde.
Desde el primer día que te vi, una conexión mágica entre tú y yo nació -y no es cliché-. Te asomaste como siempre fuiste: un ser muy alegre y por demás juguetona en demasía incluso para un ser con tintes lúgubres y muy aburrido como soy yo.
Jugamos sin parar, me hiciste olvidar que ese día tenía obligaciones y sonreí tanto que mis manos quedaron marcadas por esos pequeños -pero divertidos- caninos que no paraban de torturar a mis carcajadas. Mamá jamás pensó que aquella broma se había convertido en realidad cuándo la sorprendimos y llegamos por primera vez a tú casa y de dónde nunca te fuiste porque allí siempre perteneciste, nuestro cálido hogar.
La transición fue un tanto compleja porque no entendíamos cómo eras en realidad, una caja de ilusiones envueltas en un copo de nieve tan impresionante que cualquiera que te observara por un momento, no se negaría a acercarse a disfrutar del aura que emanabas sin hacer ningún gesto ni movimiento inicial.
El nombre fue una duda durante algún tiempo, surgieron varias sugerencias, mamá te bautizó como Sasha, otros te ponían otros nombres divertidos y muy bonitos, pero para mí siempre fuiste desde un principio: mi Yuki, mi puerquita araña, mi nariz de botón…
Pasamos momentos que sólo Dios, tú y yo guardaremos en nuestras memorias. Supiste soportar los insulsos embistes que nos dio la vida, el egoísmo de mi orgullo, la tranquilidad de las noches en vela, junto a cientos de miles de líneas de código acompañado con música diversa que pocos entienden y casi nadie acepta. Te gustaba el R&B como a mí, un poco la música Sertaneja, no tanto el metal porque eras muy sensible a las voces guturales y lo que más recuerdo es verte bailar huaynos junto a Papá, dónde disfrutabas el baile, mas no perdías el orgullo de estar moviéndote en un ritmo que aceptabas y no aceptabas al mismo tiempo -quizá copiaste eso de mi- sacabas los dientes y gruñías como diciendo: no quiero (pero si quiero) seguir bailando contigo Papá Marcelo.
Amabas el mar por sobre todas las cosas (aunque no te gustaba nadar) caminabas sobre la arena en movimientos extraños pero encantadores, adorabas también los paseos en auto hacia el infinito, todos sonreíamos verte ser feliz porque eras un motivo de nuestra felicidad indirectamente contagiada.
Cuando me enteré de que estabas mal, grité al cielo tu nombre y lloré en cántaros lágrimas al compás del silencio, pero Dios fue bueno conmigo, me permitió estar muchos años más a tu lado y es una deuda que tengo con él porque me dejó ser niño otra vez, a pesar de ya estar lejos de las formalidades de un infante.
Me tocó cuidarte al final del camino, intenté devolverte algo de lo que me habías dado: la fidelidad y el no apartarme nunca estando incluso el mundo en contra. Intenté de mil maneras que volvieras a la vida otra vez, no sé si lo hice bien o no, no sé si cometí errores, pero si lo hice perdóname porque jamás fue mi intención lastimarte en ninguna circunstancia. Intenté cuidarte, intenté alegrarte, intenté e intenté, pero tu misión conmigo ya estaba cumplida y sólo Dios decidió llevarte a otro hogar donde sé qué harás feliz a alguien más, a otro niño grande que necesita sonreír nuevamente.
Te extraño tanto que mi corazón se agüita cada vez que regreso a casa y no estás, mi alma está incompleta porque te fuiste a jugar con mamá Inés, con Panchita y con Tauriel y me dejaste aquí para cuidar tus memorias hasta el momento que Dios me lleve contigo nuevamente.
Extraño las maratónicas noches de código y música, de intentos fallidos de aprender algo nuevo, de los bailes locos y las conversaciones con mi otro yo -más infame que el actual- y tú, al pie de la mesa o el escritorio esperando de a poquitos que la noche no se acabe.
Suelo escuchar que es malo humanizar a las mascotas, si tan sólo supieran que fuiste tú la que me humanizó quedaría muy corto el debate y quedarían muy absortos con los argumentos.
Hasta siempre mi amor chiquito, al fin puedo llorarte en letras después de tantas noches de contenerme. Perdóname si no fui el mejor, pero me llevo tus gestos de amor para siempre conmigo y la promesa eterna de cumplir nuestros sueños, ahora solo, pero lograré llegar, te lo prometo.
Hasta siempre mi puerquito, hasta siempre mi dulce Yuki…